Habitarse (o cómo hablar de casa cuando no tienes una)
A todo lo que llamé hogar y luego, le prendí fuego
He pasado los días rescatando caracoles
de la capacidad mortal
transformadora
casi alquimista, del camino
hablando con mi cuerpo
reconociéndome en su baba
en los látigos del tiempo
tratando de entender
este trozo de sangre y ternura
que siempre he sido
sin una pared o un ladrillo
al que pueda llamar casa
el camino fácil sería mudarse cuando el hogar se desmorona
para no sentir que se pierde la vida
en adornar la pared
clavar recuerdos que ya no existen
a mitad de la sala
alfombrar el piso para no sentir frío en las huellas
o sembrarle plantas a los muebles
y cuidarlas
para sentir que no se deja morir algo
para sentir que no es una
miro hacia adentro
¿cómo voy a ser mi propia casa?
¿cómo exigirle al dolor no hablarme, a la memoria irse?
para volverse refugio
entonces, hay que abrir las heridas y sanarlas
una y otra vez
una y otra vez
y a veces no sanan
y la cicatriz también habla
una y otra vez
una y otra vez
reconocer el vacío
el múltiple intento
el escombro
el despojo
la ruina
He pasado los días
es sólo que a veces —le digo arrastrándome—
la vida se siente
como un puñado de sal;
una quisiera simplemente estar
sin tener que ser valiente
sin tener que cuidar
que la ternura se convierta en rabia
contemplo miro rebusco
al que pueda llamar casa
el camino fácil sería mudarse cuando el hogar se desmorona
para no sentir que se pierde la vida
en adornar la pared
clavar recuerdos que ya no existen
a mitad de la sala
alfombrar el piso para no sentir frío en las huellas
o sembrarle plantas a los muebles
y cuidarlas
para sentir que no se deja morir algo
para sentir que no es una
quien se muere adentro
despertar en otra cama
y comprender de golpe
o de caricia
que no será el ladrillo gris y el rojo
o del color que venga mañana
ni la ventana llena de humo
el desayuno desbordado de gritos
ni la mitad del suelo que arde
o su piel jardín ausente
quizá sea la manía de las sincasa
volver el cuerpo un templo
un territorio
un pedazo de mundo
al que llamar hogar
despertar en otra cama
y comprender de golpe
o de caricia
que no será el ladrillo gris y el rojo
o del color que venga mañana
ni la ventana llena de humo
el desayuno desbordado de gritos
ni la mitad del suelo que arde
o su piel jardín ausente
quizá sea la manía de las sincasa
volver el cuerpo un templo
un territorio
un pedazo de mundo
al que llamar hogar
¿cómo voy a ser mi propia casa?
¿cómo exigirle al dolor no hablarme, a la memoria irse?
cuando habitarse quema
no hay una recetapara volverse refugio
entonces, hay que abrir las heridas y sanarlas
una y otra vez
una y otra vez
y a veces no sanan
y la cicatriz también habla
una y otra vez
una y otra vez
reconocer el vacío
el múltiple intento
el escombro
el despojo
la ruina
He pasado los días
mirando al caracol mutilado jugando a ser dios
con el caparazón herido
curándose con su propia baba
con el universo que lleva en sí
esto ocurre —me dice arrastrándose—
porque mi casa
es la extensión de mi cuerpo
y me necesito a mí para sobrevivir,
lo que llevo adentro
cura el hogar que soy.
con el caparazón herido
curándose con su propia baba
con el universo que lleva en sí
esto ocurre —me dice arrastrándose—
porque mi casa
es la extensión de mi cuerpo
y me necesito a mí para sobrevivir,
lo que llevo adentro
cura el hogar que soy.
es sólo que a veces —le digo arrastrándome—
la vida se siente
como un puñado de sal;
una quisiera simplemente estar
sin tener que ser valiente
sin tener que cuidar
que la ternura se convierta en rabia
al interior de mí
y al borde de la herida
entre los escombros
entre la hierba que nace
y al borde de la herida
entre los escombros
entre la hierba que nace
a través de la grieta
me veo refugio
de sangre y ternura
silencio, enojo
amor y lenguaje
se siente libre
me veo refugio
de sangre y ternura
silencio, enojo
amor y lenguaje
se siente libre
sanadora
yo
mi casa, mi hogar
al final
siempre nos quedará el fuego.
mi casa, mi hogar
al final
siempre nos quedará el fuego.
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